¿Nos amamos?

POEMA PARA LOS AMANTES

Entrégame tu rabia, bésame con furia, deja que entre tu fuego en mí, y que no me desenganche nunca de esa pasión que emana con fuerza de tu interior.

Haz que desee tus látigos que se aprietan en mis muslos, cuando dentro ejerce todo tu furor, desnúdame despacio, sintiendo como tiemblo por dentro, sabiendo que voy a ser tuya.

Hazme sentir que tus fluidos corren como ríos en mi cuerpo, las gotas de sudor que recorren nuestra piel. Chocándonos mientras los movimientos ejercen su labor en una unión que se hace eterna. Que las noches y los días dejen de existir si en mi cama no estás tú.

Anna Colled

CONOCIENDO A MI AMIGA

No sé por qué cometí la acción de precipitarme en llamar a Carla, tenía que solucionar un asunto y no sabía a quién acudir. La respuesta fue inmediata, me llamó en cuanto leyó mi mensaje y enseguida comenzamos a charlar. El problema es que no veía la oportunidad de comentarle lo que quería de ella. Hasta que al fin me decidí y la corté tajantemente. La expliqué el porqué de mi llamada, accedió sin poner ningún tipo de pegas. Después me relató una serie de aventuras sexuales que había vivido hasta el momento, no entendía la relación de todas esas historias, con el favor que la iba a pedir. Pero pensé que sería parte del pago por acudir a ella. El caso es que quedé con Carla a la mañana siguiente en su casa para charlar de todo el tema que me llevaba hasta ella.

Le comenté a mi marido lo que mi amiga me había dicho por teléfono y se quedó un tanto inquieto, ya que a mi visita iba acudir yo sola.

  • No te preocupes, tiene pareja.
  • Qué le importará a ella eso.
  • Pues no lo sé, espero que todo.- respondí sin darle mayor importancia

Al día siguiente acudí a casa de mi amiga algo más temprano de lo normal, cuando subí a su casa, me encontré con el desayuno preparado, una jarra de zumo, café, leche, tostadas, bollitos de mantequilla, me quedé sorprendida, ya que solo sería una taza de café, exponer mi tema y marcharme. Pero me hizo sentarme en la silla, junto aquel bufet de comida y me sirvió una taza de café mientras untaba una tostada con mantequilla: -¡Toma, come!

Cogí la tostada ya con un poco de temor, la orden había sido inmediata y la acaté sin rechistar.

  • Entonces quieres que haga una red de contactos, ¿no?, por eso no hay ningún problema, eso está hecho. Verás como te sale todo como tú quieres.
  • Espero que sí, Carla, y si tengo ayuda mucho mejor. – le respondí ausente de lo que a continuación se me venía encima.
  • Verás, nunca me he atrevido a decírtelo, pero que sepas que me gustas mucho.

La tostada se quedó atragantada justo en mitad del gaznate y tuve que acudir rauda a beber un sorbo de zumo para que pasara al otro lado de mi garganta. – ¿Qué quieres decir con que te gusto? – pregunté un poco aturullada sabiendo de antemano la respuesta.

  • Ya sabes que soy muy activa sexualmente, y que como bien te comenté me gusta hacer tríos con mi pareja, pero preferiblemente con mujeres.
  • ¿Con mujeres? – pregunté dentro de donde recababa mi ignorancia.
  • ¡Sí!, no sabes como se siente el placer. Más que con los hombres. Ellos no saben jugar con la mente de una mujer. Y a veces se ponen tan nerviosos que no pueden no ejecutar, y por ende no rematar la faena. ¿Nunca has probado con una mujer?
  • ¡No! – respondí tajante
  • Y, ¿No te atrae la idea?, mira en cuánto una mujer te sepa saciar tu parte más poderosa, ya no querrás que nadie la posea de esa manera.

Los nervios comenzaban a aflorar en mi cuerpo. – ¡Dios mío!, esta mujer va a querer tener sexo conmigo y yo no estoy preparada para ello. – pensé mientras seguía con su discurso.

  • Mi ex, ya sabes, se lo propuse la primera vez y le pedí que fuera con una amiga de mi trabajo. Él accedió sin ponerme ninguna traba. Total que quedamos con mi amiga y después de unas copas nos íbamos directos a mi casa. En el trayecto ella ya me metió la boca, al principio me chocó, pero luego me dejé llevar y antes de que llegáramos a casa nos habíamos besado como dios manda. Total que cuando llegamos a casa, lo primero que hicimos fue ir hacía el dormitorio, nos desnudamos los tres y comenzamos nuestro idilio.

Al principio con caricias, le dije a mi ex que nos mirara que se fuera entonando para la traca final. Ella comenzó a tocarme el cuerpo con mucha suavidad, yo me dejé hacer.

Estaba encima de mí. Uno de sus pezones tropezó en mi boca y saqué mi lengua para saborear aquel olor a néctar que hasta ahora no había probado. Como me gustó.

El éxtasis de aquella marabunta comenzaba a quemar mi cuerpo. Bajó su cabeza hasta llegar al lo más intimo de mis profundidades y es cuando se sumergió de lleno a experimentar mi fuego. La lava surgía a borbotones. Yo apretaba su cabeza para que encontrará aquello que estaba perdido. Uff Marina, no sabes lo que se siente, es indescriptible. Una vez que emergió de aquel panal, se fue directa a mi boca para que explorara lo que había sacado de aquella cueva. Nos agarramos con fuerza, dejando que nuestros cuerpos chocaran bajo los efectos de la gravedad. Es ahí cuando le pedí a mi ex que entrará en acción, que se sumergiera dentro de las dos. Se acercó hasta nosotras y quiso experimentar, pero en cuanto le puso la mano a mi amiga, se desplomó. No fue capaz. ¡Pobre!, se quedó con las ganas, la segunda vez que lo volvimos a intentar le preparé mentalmente. No sabes como acabó ese encuentro.

  • Me lo imaginó. – respondí antes de que lo relatara con pelos y señales como el anterior.
  • ¿Te animas ha probarlo tú?, conmigo claro.
  • Tendré que consultarlo no lo descarto, pero mi pareja tiene que estar preparada también. Ya te diré. – mientras me levantaba de la silla para despedirme y salir corriendo antes de que me arrancará la ropa y acabara en su cama como por arte de magia.

Anna Colled

Las noches de verano

          

No hay nada mejor que disfrutar de las cálidas noches de verano en buena compañía, con la brisa del mar, pegada en tu cuerpo constantemente, disfrutar de un hombre que sabe que el calor se penetra por los poros de tu piel y que te incita a saciar ese fuego que arde dentro de tu interior. Después de una buena cena, siempre llega lo mejor, el postre que llevabas esperando durante toda la noche. Mi sed no tiene límite y tengo que saciarla y la mejor manera es con un buen amante. Quedan pocos ya de esos que saben como encontrar el punto álgido en una mujer. Él sabe como darme de ese manantial y que se acabe ese ansia que desborda mis entrañas. Llegamos hasta la habitación del hotel. Las ventanas están abiertas de par en par mientras un leve brisa hace que las cortinas se mecieran ligeramente, pero estoy ardiendo de pasión y él lo sabe. Mi cuerpo comienza subir de temperatura, mis poros comienzan a emitir una serie de gotas que se van derramando por todo mi cuerpo.

Me desnudo, no aguanto más mi vestido de seda que se pega en mi cuerpo. Él me mira, pensando que una diosa acaba de posarse junto a la cama. Me tumbo y dejo que el poco aire que entra en la habitación se pose en todo mi cuero despojado de todo aquello que me molestaba. Él se acerca a mí, trae consigo una bandeja llena de cubitos de hielos, la deja posada encima de la cama, mientras se va desprendiendo de todas sus prendas, se tumba junto a mí, al lado derecho de la cama, extiende su extenso y musculado brazo hasta llegar a aquella bandeja llena de piedras heladoras. Es cuando comienza ese vaivén de juegos, descansa sobre mi vientre unos cuantos cubitos y comienza a deslizarlos por todo mi cuerpo, sabe que es para apagar la quemazón que cubre toda mi piel. Posa uno sobre mi pezón, enseguida cambia de forma con el contacto del hielo, después pasa su libidinosa lengua sobre él. Mi gesto enseguida comienza a pasar de la calma al juego de la pasión. Él sabe donde poner ese punto que me hace rozar la locura.  Absorbe con sus labios mi seno, con pequeños mordiscos que dejan una sensación de placer en todo mi ser, sabe lo que me gusta y juega con ello. Alargo mi mano hasta llegar a su torre que sobresale sin vergüenza y la dirijo hasta el lugar donde sé que va a encajar, él me ayuda a colocarla en aquel secreto que espera que alguien lo descubra. Penetra sin decir una palabra. Me mira y con leves y suaves empujones hace que me pierda entre su piel curtida en mil batallas. Pasa su boca por mi piel, mi cuerpo se eleva en cada compás que emiten sus movimientos. Aprieto mis piernas contra sus glúteos para notar que está dentro del todo y que voy a llegar al orgasmo sintiendo que el placer viene en mi busca. Cada vez noto con más profundidad que su enorme músculo ha llegado al epicentro de mi ser. Sus movimientos son más fuertes y continuados, dejando tras de ellos unos pequeños gemidos que salen de sus labios avisando que ya es el momento. Intento aguantar un poco más, antes de que mi excitación comience su descenso. Pero cada vez tengo se atributo rozando mi clítoris y no sabe de control, así que me dejo llevar por la extenuación y permito que se vaya sin permiso, llegando juntos hasta el final de nuestro paseo por el deseo y la pasión.

LA NOCHE EN QUE TE AMÉ

No recordaba cuando se obsesionó con ello, solo sabía que la hacía sentir bien con ella misma.

Deseaba que las noches llegaran solo para sentirlo. Sentir como era amada una vez más.

El mismo hombre, no había cabida para que otro ocupara su lugar. Sentir sus besos, sus caricias en su propio cuerpo. Martín era etéreo, nunca envejecía, nunca cambiaba de aspecto, sus páginas se habían convertido en su vida. Mientras que Anna era volatilizada por el tiempo en sus pensamientos, había sido sustituida por ella misma. Habían intercambiado los personajes. Ahora Berta era Anna, su vida solo se envolvía en torno a Martín.

Una tarde de esas grises, opacas, dónde la lluvia fulmina todo aquello que tenías planeado y la penumbra rodea todo aquello que se asoma cerca, Berta decidió salir, deambulando por las calles vacías, sin gente, sin vida. Tenía la necesidad de sentir como el agua penetraba su cuerpo, hasta que de repente se topó con un escaparate, el reflejo del cristal la vio como perecía en su angustia. Enseguida retiró la mirada, se percató que estaba delante de una librería, de esas que por mucho que pasen los años, el encanto no desaparece, quién sabe lo que hubiera visto aquella vieja casa del libro y a pesar de ello seguía vigilando a todos aquellos que la visitaban.  Incluida ella, que no lo pensó dos veces y entró. El olor a vetusto se desplegaba por todo el recinto, estantes de madera en tonos claros algo ya roídos cubiertos de libros recorrían el lugar, un pequeño mostrador conjuntaban la estancia. Una mujer entrada en años custodiaba toda aquella sabiduría que poseía aquella vieja librería. La anciana la miró y en tono amable la preguntó si podía ayudarla. Berta reaccionó con una negativa, realmente no sabía cuál era el motivo que la arrastró para entrar allí. Se dedicó a mirar en los estantes, nada hacía que la llamara la atención, miles de títulos que no significaban nada para ella. Hasta que de pronto en una balda olvidada, encontró algo que la hizo sentir un vuelco en el estómago. No dudo en tenerlo entre sus manos y fue directa hacía el mostrador. La mujer miro el título de aquel viejo libro y sonrió; – ¡No te defraudara! – respondió mientras lo metía en una bolsa.  Quería llegar cuánto antes a su casa, ponerse cómoda y comenzar la lectura. Había algo en ese libro que la despertó todo el interés. Durante días nos despegó la nariz de aquellas páginas en tonos ocre con un aroma a añoso que la envolvía sin poder desengancharse de él. Parecía que la tinta la atrapaba sin dejarla escapar. Fue en ese momento que la obsesionó, aquel libro la penetró en su interior creando en su cabeza aquel personaje. “LA NOCHE EN QUE TE AMÉ”, ese título fue el comienzo de unos sueños de los que no podría huir.

Anna era una joven que se había quedado atrapada en una guerra que no la pertenecía y al rescate acudía Martín, dejando que un amor agarrara aquellas páginas que se acaban sin que Berta se diera cuenta de ello, se había quedado enganchada en ese tiempo. Actuaba como Anna.

Deseaba que Martín la amara como en la historia de su libro. Cuando llegaban las noches, Berta ambientaba la habitación como si se transportara a otra época. Las velas se movían con el leve viento, mientras dejaba la ventana entre abierta haciendo que las cortinas se mecieran al compás de las pequeñas llamas. Ella se tumbaba en la cama, recreando la escena que describía la historia, la tenía grabada a fuego en la mente. Martín se tumbaba encima de ella, acariciaba sus labios con sus dedos. La miraba fijamente a los ojos, la intimidaban, negros y penetrantes que atravesaban todo su ser. Posó sus gruesos labios en los suyos, dejando aflorar su mas íntimo deseo de pasión. Se retiró suavemente, la volvió a mirar, sin retirar sus ojos negros de los verde esmeralda de Anna, fue desabrochando uno a uno los botones de su vestido, cuando llegó a la altura de su pecho, lo retiró con suavidad, mientras una de sus manos se posaba cálidamente en uno de sus senos.  Ella suspiró, notando como el calor envolvía su delicado cuerpo. Mientras los labios de Martín recorrían su cuello, deslizándose hasta la parte de su aureola dejando el aliento posado en ella. Seguía el recorrido hasta llegar al ombligo, el éxtasis comenzaba hacer su efecto en ella. Se desnudó dejando ver sus músculos en todo su esplendor. Anna abrazó su espalda atrayéndola para encontrarse con su cuerpo.  El pasó su mano desde la pantorrilla hasta llegar al muslo. Y rozar la frontera de lo prohibido. Anna sintió como el deseo era penetrado en su interior, Martín la miraba sin perder cada gesto de su placer. Ella apretaba su cuerpo junto al suyo para notar cada centímetro de lo que poseía en aquel momento, abrazada a su espalda mientras los suspiros de ella llegaban a los oídos de su amante en ese momento. Le gustaba sentir como Anna disfrutaba. Seguían los movimientos delicados, no quería precipitar la situación, quería que fuera eterno. Tenerlo dentro para siempre. Los alientos de ambos se entrecortaban con cada suspiro de placer. Anna nunca había sentido semejante sensación. Él la mordió suavemente el labio inferior, mientras el compás cambiaba de ritmo. Ella arrastró sus uñas por su espalda, dejando una leve huella en ella, demostrando que su fuego se aceleraba cada vez más. Un leve gemido hizo que el fuego ardiera entre las velas de la habitación.  Los choques de los cuerpos movían la antigua cabecera de la cama, haciendo que vibrara cada segundo de la habitación. Los suaves gemidos se transformaron en ardientes gritos de pasión. Una pequeña brisa penetró por la ventana haciendo que las llamas de la pasión quedaran a oscuras. Como el sueño que  Berta tenía cada noche, sin que al otro lado de la cama estuviera Martín para volver a encender el fuego que por dentro la estaba quemando.

Anna Colled

Sábado noche

               

                       

El aburrimiento suele ser uno de esos síntomas que alberga mi cabeza cada vez que pienso que llega el sábado y no tengo ningún plan. Cada vez encuentro más cerca ese sentimiento de soledad que habita mi estancia corpórea. – ¿Dónde va una mujer de mediana edad un sábado por la noche? No sé si me equivoqué cuando decidí que mi vida sería sin ataduras sin pensar mucho en el futuro, mis amigas casadas y con churumbeles de entre cinco y diez años que son para dar a comer aparte. Cada vez que quedo con ellas solo hablan de cómo han apuntado a sus críos al fútbol, al ballet o a clases de inglés, un fiasco total. Y claro, soy la única solterona que queda en la pandilla, y a mi edad, esas cosas me aburren literalmente. No saben hablar de otra cosa. Así que pensé  que lo mejor era apuntarme en una web de esas de amistad y de vez en cuando quedar con alguien para poder conocer más allá de mi entorno.

Descubrí un mundo totalmente paralelo a la realidad que vivía. Un mundo sórdido y oscuro que me mostró otra forma de ver la vida.

Al principio dentro de mi ignorancia no sabía donde me estaba metiendo, era tenebroso, estaba perdida, pero poco a poco fui descubriendo mis necesidades, mis vicios, mi pasión oculta. Quedaba con gente que hacía fiestas. Y allí nos mezclábamos. Lugares ocultos, clandestinos, donde desaforar nuestra frustración. Nunca había conocido el placer en ese estado. Daba igual, mujeres y hombres albergábamos con nuestros cuerpos aquello que anhelábamos, desfogarnos.

En una ocasión, un hombre se acercó hasta mí en unas de esas fiestas que nos apuntábamos en un grupo que habíamos formado por una red social. Iba bastante elegantemente vestido. De traje, un traje que parecía diseñado exclusivamente para él. Era bastante alto, pelo negro azabache y engominado, se le veía con bastante clase. Educado y con galantería me preguntó si quería tomar algo. Acepté. Me atrajo ese aire de poder que arrastraba tras de sí. La erótica del poder lo llaman, me enteré meses después. Pero me dejé llevar por ese perfume que embriaga el ambiente, esa droga que te engancha y te arrastra hasta lo más hondo de un pozo negro sin ver más allá de una luz que te está avisando y no la quieres ver. El caso es que salimos de aquella fiesta y me invitó hasta la habitación de su hotel. Un gran edificio custodiaba aquella habitación de cinco estrellas que era más grande que mi casa. Nada más entrar, albergaba un gran salón con enormes ventanales que guardaba la intimidad, unos cortinones en color vino dejando un tapiz de oscuridad. Encendió las luces, una lámpara de araña era la que alumbraba aquella habitación. Un chaise longue en tonos crema hacía el centro de aquel lugar y en una esquina una barra de bar hacía las funciones de envolver a aquellos que eran invitados por el hombre del traje elegante. Me sirvió una copa de champán, acepté con sumo gusto y él me invitó a sentarme en aquel sofá de encanto francés que estéticamente conjuntaba con el estilo de la habitación, pero su principal función carecía de toda comodidad. El caso es que estuvimos charlando sin un tema en concreto, hasta que llegó la parte esperada entre ambos. Me preguntó qué tipo de sexo me gustaba practicar, al lo que le respondí que hasta el momento solo el tradicional, no había experimentado ninguna otra cosa especial.

Pero él me haría viajar a otros mundos sórdidos y desconocidos para mí. Me invitó a levantarme de aquel decorativo sofá y me agarró de la mano para llevarme hasta el dormitorio. Accedí con gusto ya que es lo que esperaba durante toda la noche.

Me dijo que me dejara llevar, que no me preocupara por nada, que todo iría bien, que confiara en él.

Me tumbó en la cama que era casi tan grande como el dormitorio, me despojó de todas mis prendas, hasta dejarme completamente desnuda. Mientras él, de pie, delante de mi, se iba desnudando dejando ver el perfecto conjunto de su ser. Comenzó a deslizarse por todo mi cuerpo, dejando una suave caricia sobre mí. Iba recorriendo con sus labios mi piel. Notaba como mi vello se erizaba por todas esas sensaciones recorriendo mi cuerpo. Después se levantó de la cama y salió hacía el salón dejándome con las ganas de más caricias leves y cálidas. Minutos después regresó con algo entre las manos. Una especie de pequeña salsera en tonos plateados. Me quedé con cara de sorpresa. Él me miro y me dijo que todo iba a salir bien, que me relajara. Vertió la pequeña salsera sobre mi ombligo, un líquido frío se iba derramando sobre mi vientre, era miel, fría y pegajosa que se adhería a mi cuerpo. Él pasó su lengua sobre ella.  Después eran lametones donde notaba como su boca bebía de mi sed de calor. La miel cayó sobre mis senos, posando un aroma dulce en ellos. Él lamía con pasión, notando como mi cuerpo se estremecía y mi órgano del amor requería la presencia del suyo, que a medida de mi sed iba creciendo. Volvió a retirarse dejándome esa sensación de ansia por tener algo que le pertenecía. Se fue al cuarto de baño, regresó con varios objetos, uno de ellos era un pañuelo, cuyo uso hizo que me aguardara la incertidumbre. Me ató las manos a la cabecera de la cama. Después cogió los objetos de la mesilla. Mi pecho estaba excitado, desbocado, los nervios eran mi dueño, me había atrapado bajo ese embrujo de lo desconocido. Pero sabía como calmar ese apetito que había surgido en mi interior. Cubrió de espuma parte de mi sexo casi rasurado y comenzó a deslizar suavemente una hoja afilada mientras notaba la frialdad que pasaba por ella. De nuevo volvió a posar su húmeda lengua para retirar los restos de gotas frías que se habían depositado bajo mi vientre. Y sin previo  aviso, noté como aquello que deseaba entró con fuerza dentro de mí. Cabalgando salvajemente, chocando mi cuerpo desnudo contra esa cabecera de cama a la que me había atado, sin poder si quiera recorrer su cuerpo desnudo que tanto necesitaba agarrar. Apretaba mis senos acaramelados, mientras sus movimientos crujían mi pelvis. El sudor de ambos se deslizaba por nuestros cuerpos dejando una ligera capa de oxígeno que estaba a punto de extinguirse. La fuerza de sus muslos entre mis piernas avisaba que estábamos llegando al final de una pasión sin límites. Su cuerpo se desplomó sobre el mío con un suspiro y yo dejé que su aliento se posara en el mío. Dormimos hasta que el alba nos dejó asomar por aquella cortina de color vino.

Anna Colled-

El sitio más extraño

Si me paro a pensar cuál ha sido el lugar más raro donde pasé una noche de pasión, no sabría responder, porque a medida que pasan los años, la experiencia me muestra que cada día puede ser una aventura. Puedo narrar alguna que otra historia estrambótica que me ha sucedido, pero el lugar más extraño no.

Cada uno reparte sus emociones y experiencias en su rango de grado personal, lo que para uno puede ser normal, para otros puede ser de lo más extrañísimo.

Así que partiendo de la base de que aún estoy por experimentar lugares con encanto donde repartir mi pasión y dar todo el amor posible, os paso a relatar una de mis aventuras de amor.

Para poneros en situación. – ¿A quién no le gusta el verano?, las playas, las noches con amigos disfrutando de una buena fiesta en ellas. Y pensaréis, otra de una noche de sexo en la arena junto al mar. – bueno hubiera podido ser así, pero no me surgió, y me da rabia porque al menos es un lugar bastante cómodo, mientras notas como se te van filtrando los dichosos granitos de arena por lugares inhóspitos de tu cuerpo a medio desnudar y con las bragas en los tobillos, mientras el susodicho se va sacando un profiláctico del bolsillo de su pantalón vaquero, que para que cuando se lo ha colocado, los cangrejos de mar han llegado antes a su lugar de destino.

  • ¡Venga me centro en la historia! El caso es que nos fuimos tres amigas de veraneo a un camping, cerquita de la playa. Allí hicimos muchísima amistad con un grupo de chicos y chicas. Salíamos a tomar copas por los bares de los alrededores y terminábamos la noche en la playa. Así durante varios días. Pero había un chico en aquel grupo. ¡Qué chico!, parecía que lo habían diseñado con escuadra y cartabón. No me extraña que todo el mundo se uniera a su grupo, porque encima era simpático el chico. Nos tenía a todas locas. Claro yo pensaba, ni se fijará que existo, tan sencillita que es una. Que si me pierdo en un garaje ni el pulpo se molestaría en encontrarme. El caso es que yo para mi adentros, pensaba, no te enamores de Marcos, no te enamores, que tienes mucha competencia y entre ellas tus amigas. Pero ¡Oye!, no pude evitarlo. Caí como una perdiz a sus encantos.

El muchacho en cuestión era muy ordenado en cuanto a su físico se refería, no fumaba, no bebía. La pregunta; ¿qué hacía?, claro, si era tan cuidadoso, como sería en la cama.

Me atreví, después de tantas noches juntos, me decidí por acercarme a él.  Creí que me obviaría, pero no enseguida se puso a hablar conmigo. Hasta tal punto que nos quedamos solos con nuestra conversación, me acompañó hasta la tienda de campaña, todo estaba en silencio esa noche. Y me insinuó que le invitara a pasar. Yo como loca de la emoción le dije que si.  No me percaté de nada al principio, solo sabía que estaba con él. Nos tumbamos, uno en frente del otro, nos mirábamos, no había nadie más allí, solo nuestros ojos que se fundían y hablaban sin que haría falta decir nada más. Él me cogió del pelo y me lo acarició, yo me acerqué más a él. Pegué mis labios a los suyos y deseé que nunca se separaran. Noté como su lengua entraba en mi alma. Fue una sensación que me recorrió todo el cuerpo consiguiendo que mi piel se erizara. Noté unos nervios que hacían que mi cuerpo temblara. Marcos me arrastró hacía su cuerpo, creí que era para parar aquel tembleque, como tiritaba y calmarme. Pero me quitó con sumo cuidado mi camiseta, dejando al desnudo aquello que jamás hubiera mostrado en ningún lugar. Acarició suavemente mis pechos, hasta alcanzar la ambrosía de los dioses y dejar que mi esencia se plegara ante ellos. Cogió mi mano y la posó en el lugar donde los hombres guardan sus secretos. Éste estaba al descubierto y dejó que la usara  con suma delicadeza. La excitación cubría aquellas lonas de plástico. Movía mi mano a su antojo, mientras sus atributos cambiaban de forma. Sus besos atravesaron mi boca, arrastrando tras su paso un hilo de amargo sabor a sal. Noté como su mundo atravesaba el mío, un leve llanto apareció de entre mis ojos, mientras era derramaba una gota de agua por ellos, era el placer que me avisaba.  Su movimiento agudizaba aún más mis sentidos, mientras él me miraba a los ojos sin dejar su compás. Me apretaba contra su cuerpo de fuego y yo ardía entre sus llamas.  Sus manos se posaban en mis pendientes estrujándolas como esponjas de mar. Yo suspiraba y jadeaba. Su compás no cesaba. – ¡Más fuerte! – Clamaba yo con todas mis fuerzas-

  • ¡Lo hago pequeña! – respondía él sin dejar de moverse.
  • ¡No te detengas, ahora no, empuja hasta mis entrañas y que el mundo lo vea! – seguía vociferando de placer.

Unos suspiros después cesaron nuestros movimientos esporádicos. Nos desenganchamos y nos miramos. Sonreímos e intentamos dormir, pero algo nos acechaba la nuca. Cuando nos volvimos, mis amigas y uno de sus amigos estaban sentados a nuestras espaldas, sentados en forma de indio.  Mirando todo aquel espectáculo que acaban de presenciar. El silencio fue lo único que hicimos.

Anna Colled

El exhibicionista

Si comienzo esta historia, muchos pensaran –  ¿qué guarda está persona en sus pensamientos? Pero son simples deseos que escondo sin que nadie pueda saberlo. Deseos que me rodean constantemente. Cada vez que tengo la oportunidad, intento concedérmelos. Pero sin que me descubran. Tengo miedo de que piensen que soy una especie de loco reprimido. Pero los llevo dentro, y los tengo que expulsar de alguna manera. El sexo es mi pasión, pero no ese sexo vulgar. De salir una noche y buscar cualquier cosa que me apañe. ¡No!, me gusta el cortejo, saber que una mujer me desea, no por mis encantos, si no por mis cualidades, es la única manera, de que caigan en mis redes. Físicamente no soy un adonis y ese hándicap supone una dificultad a la hora de que una mujer se acerque a mí. Así que intento envolverlas en halos de romanticismo, al fin y al cabo es lo que más les gusta a ellas. Y es que me gustan todas, rellenitas con grandes pechos, delgaditas con cuerpo de muñeca, con grandes traseros, da igual, la mujer es pura en su esencia.

Al principio era una obsesión, veía a una mujer y enseguida me acercaba hasta ella y si no me hacía caso, me bajaba los pantalones para mostrar mi mejor recurso, mis atributos. Pero siempre salían corriendo. Así pasé parte de mi adolescencia, haciendo que las chicas huyeran de mi presencia. Pero entendí a medida de que me hacía mayor que si quería conseguir echar un buen polvo y disfrutar de ese sabor que se impregna en tu cuerpo, era cambiar de estrategia.

Convertirme en un verdadero seductor. La palabrería es un buen recurso, pero la verdadera conquista es observar. Cuando has visto a la presa, comienza a buscar en su personalidad, su forma de vestir, de moverse, de tocarse, los gestos e incluso como mira.

Al principio acudía a fiestas con amigos, de esas donde las mesas estaban cubiertas de todo tipo de color. Siempre acababan de la misma manera. Cuerpos desnudos mezclados entre sí, sin saber saborear realmente lo que estabas disfrutando. O por lo menos me lo parecía a mí. Por qué lo que a mi me gustaba era saborear el cuerpo de una mujer. Recorrer cada una de sus laderas y notar como su piel se pegaba a la mía. ¡Oh!, el cuerpo de una mujer es una fantasía.

  • Por cierto, me presentaré como es debido, parece que narrar este tipo de sucesos debe tener un protocolo. Me llamo Jaime, y adivináis ¿cuál es mi profesión?, no os lo vais a creer, ginecólogo, trabajo en un hospital desde hace ocho años, y no sabéis que reconfortante es estar todo el día rodeado de esas maravillosas criaturas. A mis cuarenta y tres años en el mundo, he sabido disfrutar de cada una de las mujeres que han pasado por mis manos, y no lo digo en el sentido profesional, si no en de la pasión.
  • Pero hubo una en especial que me lleno profundamente. Era tan viciosa o más que yo. Parecía una muñequita, tan delicada, era enfermera de mi misma planta, nos encontrábamos muy a menudo en la cafetería del hospital. Era muy dinámica, siempre estaba entablando conversación con todo el mundo. Me gustaba esa manera de ser que proyectaba. Así empezamos nuestra relación, en el hospital. Sarita era divina, siempre que nos veíamos, aparecía con vestidos ceñidos envuelta en satén negro, dejando asomar siempre un voluptuoso escote donde perderse por aquellas montañas de cedros cubiertos por unas pequeñas nubes que hacía que desaparecieras entre ellas.  Le gustaba tanto el sexo, que no me lo podía creer, una noche, cuando subimos a su casa, la sorpresa fue encontrarme con la escena que vi. Lo tenía todo meditado, preparado al dedillo, con sumo detalle. Velas perfumadas que relajaban todo el ambiente, unas botellas de champán en una cubitera, y lo más extraño de todo, cuatro copas. Al principio, no le di ninguna importancia. Abrimos las botellas y nos pusimos a beber. No me dio tiempo a desnudarla como a mi me gustaba hacérselo habitualmente que quedábamos. Directamente se quedó desnuda. Se acercó hasta a mí y comenzó a meterme su lengua como si no hubiera un mañana. Me quitó la copa de las manos y comenzó a desnudarme a mí también. Quería preguntarla qué la ocurría, o mas bien, qué le había echado al champán para comportase de esa manera tan irracional. Pero su lengua seguía sumergida entre mis balsas de agua salivar. Me llevaba consigo, caminábamos hasta que chocamos de golpe con una de las puertas de su casa.

Allí nos dejamos encerrar, en una habitación sin luz, oscura. De pronto y ciego por la falta de visión y por el brebaje ingerido con alguna sustancia, me deje llevar.

Escuchaba suspiros, gemidos y leves voces que llegaban hasta mis oídos. Manos que cubrían mi desnudo cuerpo, sin tener la más mínima constancia de quién habitaba en aquel momento en ese cuarto oscuro.

Unas manos se posaron en mi mejor atributo, después de unos minutos acariciándolo, se sumergió en las profundidades de un océano infinito. Unas cumbres se dejaron arrastrar por mi boca, mientras otras las sujetaba para que yo pudiera esparcir mi jugosa lengua por ellas. Sentí de pronto el calor en mi aliado, como un cuerpo ardiente yacía en él. Se movía con suavidad, mientras arrastraba sus manos sobre mi pecho de fuego. Otra boca se posó en mi paladar, tierna y delicada, mientras notaba el calor de un tercero que recorría con su lengua mi cuerpo, era más áspera. Sentí la presencia de un hombre que levitaba sobre mí. Pero me dejé llevar, aquellas sensaciones no se podían explicar, solo era dejarse llevar por el momento. Los cuerpos en movimiento, sin descanso. Dos mujeres que habitaban en el seno de todo mi ser. Recuerdo que gemían, que chocaban entre ellas mientras sus jugos se derramaban por aquella habitación sin luz, pero tan llena de vida. Sólo sé que nunca supe quienes fueron los amantes de una noche, que me hicieron el mejor regalo, para un hombre que comenzó enseñando aquello a lo que en un tiempo le daba más valor.

Anna Colled

Mis deseos

Los deseos recorren mi cuerpo constantemente, es un fuego que arde por las venas y que nada lo puede hacer apagar, tan solo el placer de sentir, como un hombre me devora. Es ahí cuando desvanezco y sucumbo a los placeres que me brinda. Me pierdo entre las moldeadas formas que componen ese ser. La forma de sus brazos, hacen que me sienta protegida. Sus músculos que componen sus piernas, para escaparme entre ellas cuando las enlazo con las mías. La forma en como está construido su pecho desnudo, hace que pegue el mío junto al suyo y sentir como mis cumbres se posan en él, para notar la carne unida y que sienta como frotó mi suave piel con la suya. Me derrito cuando sus labios se posan en los míos, notando ese leve aliento que atraviesa mi garganta, es cuando ese pequeño suspiro resurge de mis extrañas, y la sangre comienza a hervir. Me gusta tener un hombre en mi lecho. Sentir que soy suya, que me posea. Me gusta que él tome la iniciativa de hacerme vibrar.  Posarme bajo su cuerpo perfecto que para mi es en ese momento, como apoya sus brazos a los lados de mi cama y me mira a los ojos con deseo. Yo le miro con lujuria y siento como se funde dentro de mí ser. Sus músculos tornan erguidos, y es cuando notó como entra el calor, es ligero, suave, cálido.  Abro mi boca para que él vea que lo tengo dentro de mí. Arrastró mi cabeza contra la cabecera y tenso mi cuello, dejando brotar mis venas de placer. Él desea aún más que lo sienta, pero al ver como mis labios se retuercen introduce su dulce lengua en mí.  Después baja hasta mis senos, cuyos pezones han perdido el sentido y los muerde. Pequeños mordiscos que hacen que eleve mi pelvis hasta sentir que me engancho a su cuerpo. Enredo mis piernas en su cuerpo y empujo hasta notar que el mayor de sus músculos está adherido dentro de mi piel. Sus movimientos cada vez se dejan notar con más fuerza. Yo aprieto sus nalgas redondeadas hacía mi ser. No puedo evitar sentir como apagar mi calor, ese fuego que me arde por dentro, lo sofoca él mientras se mueve con más rapidez. Y es cuando explotó, cuando los gemidos se exponen sin previo aviso. Y él se une al compás de esa melodiosa sinfonía, rematando con leve suspiro, tumbados el uno encima del otro.

Anna Colled

Las noches de Noel

Realmente, la vida comienza cuando cae la noche. No sé a quién diablos se le ocurrió inventar esa rutina tan absurda, de que la vida comienza cuando amanece. Si, realmente los súcubos vivimos bajo las sombras y nos escondemos de día. Lo bueno empieza cuando todo está oscuro, cuando lo prohibido se hace real. Cuando la oscuridad envuelve la tierra. Ahí es cuando nos despertamos y comenzamos a vivir. Me presento, mi nombre es Noel. Un nombre un tanto atípico y es así porque tengo la capacidad de convertirme en quién realmente me de la gana. Soy una diabla juguetona. Hay muchos, ¿sabéis?, pero a mi me gusta ser la maliciosa, la pícara, la que se ríe de cualquiera sin que se den cuenta de ello. Y me nutro, me nutro de los cuerpos débiles que caen rendidos a mis pies. Comparto todo tipo de gustos, me gusta todo. Pero lo que más me gusta es ver como los manejo a mi antojo y hago que se mezclen entre ellos sin que se den cuenta. 

                                             

  • ¿Queréis saber cómo lo hago? Os voy a mostrar parte de como me divierto cuando todo se vuelve oscuro.
  • La noche comienza cuando todo se supone que está recogido. Cuando las almas buenas se guarecen del miedo. Y despiertan las almas escondidas, las que tienen que evadirse, las que sufren sin que nadie se de cuenta. Hay miles de ellas que desaparecen entre las tinieblas de las sombras, es ahí cuando entro yo. 

Rondo a su acecho, las guío hasta el lugar donde sé que van a caer en la trampa. Y ¡Zas!, ya son mías. Las invito a que me acompañen, las llevo a aquel lugar que tanto desean. Hombres y mujeres caen en mis redes y hago que se desinhiban de todo aquello que les atormenta.

Las guarezco en un lugar que creen seguro, y comienzo con mi ritual. Comienzo con brebajes narcóticos para que se dejen llevar, dejo que su cabeza comience a relajarse, que se olviden de todo. Les embriago con una ligera brisa de cánticos y les dejo con el comienzo de un cortejo que se convertirá en una mezcla entre ellos.

Después aparezco presencialmente. Les seduzco con mi esencia. Una mujer que aparece de entre las sombras. Me acerco a uno de ellos, y comienzo a deslizar mis sedosos dedos por su rostro hasta llegar a la comisura de su boca. Luego le introduzco mis dedos, y hago que me los lama suavemente. Antes de que los retire tengo posada mi húmeda lengua en sus labios. Miro de reojo para que aquellos que están presentes se regodeen de gusto. Sigo con mis rituales. Le desnudo poco a poco, él se deja llevar por mis encantos. Recorro su cuerpo desnudo hasta llegar a su esfinge y la lamo delicadamente. De arriba abajo, mientras con mi mano juego para que llegue hasta el punto que deseo. Después me acerco hasta una chica. La cojo de la mano y me la llevo junto al chico que en ese momento está en el punto perfecto. La beso, introduzco mi mano en uno de sus senos y la acaricio. El chico nos mira, se palpa. Nota esa mirada de perversión que destellan mis ojos. Bajo mi lengua hasta su erguido y tieso seno, dejando mis huellas en él. La desnudo, dejo que todo lo que florece en ella se erice, acerco al chico hasta ella. Coloco su mano en la vulva y le obligo a que introduzca sus dedos hasta en lo más íntimo de su ser. Ella suspira, se retuerce contra el muro de mi refugio. El chico posa su lengua ardiente dentro de su pequeño y delicado mundo. Y juega dentro con ella, hasta que la chica estremece. Él ve su deseo, la agarra y de un golpe seco la gira contra mi muro y la introduce todo aquello que está a punto de explotar. Ella gime, mientras es empujada. El chico ve como sus carnes de fuego se balancean con sus movimientos. La aprieta contra sí. Sus ojos se descolocan. Consigo mi anhelo, y mientras veo que se enganchan, me alejo lentamente en busca de otras víctimas, las junto, las uno. Las deseo y observo desde mi pirámide, como una mezcla de sinfonía celestial se une. La mezcla de cuerpos desnudos en uno solo. La piel es puro fuego que arde ante mis ojos. Y allí los dejo hasta que los albores de la tierra renacen y de nuevo regreso a las tinieblas, a la espera de un nuevo ocaso. 

Anna Colled 

La ninfómana

Si contara las veces que me dijeron que no entrara nunca en este mundo sórdido de las redes sociales, jamás hubiera tenido las experiencias más increíbles que me sucedieron a lo largo de mi vida.

Pero aquellas personas que me advertían constantemente donde me metía, eran aquellas que tenían reprimidos todos aquellos deseos que nunca iban a experimentar.

Así que decidí hacerlo en la clandestinidad. Solo de uso exclusivo, sin que nadie supiera cual era mi vida privada, en este caso mi vida secreta.

A lo mejor, y puede que a lo mejor, poseyera una enfermedad sexual. Puede que no la hubiera detectado con tiempo, pero me gustaba ser deseada por cualquiera. Me gustaba que vieran mi cuerpo desnudo, mostrarlo en público.  Salía por las calles nocturnas, sobre todo cuando se dejaba apreciar una boina de niebla en la oscuridad, donde todo está oculto, sin que nadie te conozca. Buscar a cualquier víctima, embaucarla y poder llevármela a mi casa como trofeo de caza. Una vez allí, la invitaba a entablar cualquier tipo de conversación, fuera el que fuera. Dejar que entrara en mi mundo sin que sospechara.

Sin que se diera cuenta, encendía una cámara que iba directa a las redes sociales, allí mis seguidores veían cada paso que daba con las personas que entraban en mi domicilio sin que tuvieran constancia de que eran grabados.  Iba directa al grano, para que tanta verborrea si sabíamos a lo que íbamos. Un par de copas y al meollo.

Tenía una especie de rituales empoderados, me gustaba ir poco a poco. Una vez a un chico de unos veinticinco años, porque la edad da exactamente igual a la que tengas tú. Ya que éste tipo de muchachos se sienten más atraídos por mujeres de una cierta edad, puede que sea por la experiencia. Puede que sea por sentirse más hombres, pueden ser tantas las causas. El caso es que se sentía un tanto incómodo. Confianza era lo primero que intenté transmitir para que se dejara llevar. Todo estaba listo. Cámaras y acción. Sabía perfectamente que los internautas estaban a la expectativa de ver como hacía bien mi función y sobre todo sabían que yo disfrutaba sabiendo que ellos estuvieran mirando por aquel diminuto y minúsculo objetivo.

Lo primero que hice, fue quitarle la copa de la mano y besar su suave y delicado cuello. Pasé mi lengua, dejando ese sabor agridulce que deja huella. Noté como su cuerpo se encogía. Lentamente fui rozando mis labios por su rostro, para que notara el calor de mi aliento. Miré sus labios y posé los mío en los suyos. Palpé enseguida como su entrepierna iba subiendo de tono. Le sonreí, y con suma delicadeza, le fui desabrochando su pantalón. Bajé hasta aquel lugar donde la montaña dejaba asomar todo aquello que se pudiera deleitar. Agarré con una de mis manos el sabroso manjar y fui adentrándola en mi boca muy poco a poco. Sabía que le gustaba. Sus ojos al mirar hacia arriba, se posaban en tonos blancos. Suave, después con algo más de movimiento. Le dejé, paré con ese rito. Me puse de pie delante de él. Me acerqué hacía su rostro y comencé a desnudarme delante de él.  Dejé mostrar mis encantos, que se vieran a través de la tenue luz que reflejaban los cristales de los ventanales que daban directamente a mi cuerpo.

Él tragó saliva, cogí sus manos y dejé que las posara en mis cumbres empinadas. Acerqué su boca hasta ellas, necesitaba notar como su saliva se incrustaba en mis senos. Bajé su miembro hasta mi calor ardiente. Me tumbé, la coloqué con mi mano y dejé que entrara a mi mundo.

Estaba rígido al principio, le susurré al oído: -¡Déjate llevar!

Y se dejó llevar por los suculentos encantos que tenía delante. Mientras los internautas disfrutaban con aquel deleite que estaban observando sin que el muchacho se percatara.

Yo direccionaba sus movimientos. Le indicaba todo aquello que me diera placer. – ¡Muérdeme!,- le clamaba en voz alta para que los que me observaran se pudieran masturbar mientras yo gozaba.

Uf, sentía como los observadores, se derretían de gusto de placer, mientras me veían disfrutar. Ver como un muchacho se derretía por aquellas órdenes que le obligaban a dar satisfacción.

Como penetraba su miembro dentro de mí, y mis susurros eran gritos de pleitesía por tener dentro lo que más me gustaba sentir. – ¡No te pares!, déjame sentir el fruto de aquello que anhelan muchas, ahora eres mío, te poseo. Estás dentro de mí. ¡Córrete y deja que fluya por mis entrañas!

Así era cada noche de mi vida, una nueva víctima que me atrapaba y que los que me observaban sabían que disfrutaba.

 Anna Colled